“Está bien. Nos vemos en la tarde”. Esas fueron las últimas palabras que escuché
de ella. Sí, de ella, mi amiga Catalina,
mejor dicho mi mejor amiga Catalina.
Debo aclarar porque realmente existe una diferencia entre Catalina y el
resto de mis amistades. A pesar de que
somos un grupo bastante unido, Catalina siempre ha sido mi cómplice de
aventuras, oído de secretos, la que me abraza en la distancia con solo mirar la
Luna.
Viento arriba,
Sol abajo. Algunos minutos han
transcurrido. La llamaré, sí, la
llamaré, aunque vayamos a vernos durante la tarde. No contesta.
Que raro. Intentaré comunicarme
vía mensaje de texto. Recibido. Leído.
La tortura de mis días: avances tecnológicos que en lugar de facilitar,
alteran mi existencia. Soy así con
Catalina; al enviarle un WhatsApp, mis ojos permanecen en la pantalla a la
espera de una respuesta. Claro está, no
tienen que esperar mucho porque ella siempre contesta. Menos hoy.
Así que ya no debo decir “siempre”.
Omar, Yeik y
Mara, al pasar del tiempo, se han unido más a nosotros y ahora somos algo así
como “inseparables”. Ya no recuerdo bien
cómo los conocí a cada uno…
Mientras Diego
se prepara para el compromiso con sus amigos, ellos alistan los últimos
detalles para el compartir.
Diego siente un
malestar en su cuerpo, una sensación de que ya no recibiría abrazos conectados
por la Luna. Decide llamar a Yeik porque
aún no conseguía a Catalina y tenía un mal presentiemiento, mas no halló
respuesta.
Corre hasta el
lugar del encuentro. Llega. Los ve de lejos y se acerca.
Ellos
conversaban. Disfrutaban como de
costumbre.
Yo hablaba pero
no me escuchaban. Grité, grité mil
veces, pero el sonido de mi dolor no era percibido por alguien. Sufría por la pérdida de Catalina. Pero fue justo en ese preciso instante cuando
entendí que no era ella quien había muerto.


