Días largos de estudio, salidas con
amistades son el escenario de la vida de Ricardo. Entre risas y sueños por cumplir, vive al
máximo.
¿Vas
hoy? –preguntó John L.
-¡Claro! Allá nos vemos.
El
joven que cree que vive la mejor etapa de su vida, se recuesta en su cama para
descansar un rato antes de una de sus acostumbradas salidas con J.L.
Despertó. Qué sueño raro había tenido. Ya era mayor, tenía esposa e hija. Por fortuna era un sueño, pensó. Se miró al espejo, aún los años de juventud
le sonreían. Estaba listo para disfrutar
de esa noche, como muchas otras noches.
No
contó a nadie su excéntrico sueño, no quiso darle importancia a pesar de cuán
real lo había sentido.
La
noche termina, la mañana comienza. A
estudiar, a continuar con la típica rutina de su edad. Pero Ricardo aún pensaba en aquel sueño.
Cae
la noche, invade el cansancio, se cierran los ojos, la mente continúa.
Oye,
el jueves es el cumpleaños de Fernanda. –dijo Susana.
-Claro
que sí, cómo voy a olvidarlo; ahí estaré, celebrando la vida de mi primogénita.
Despertó
Ricardo. Esta vez no se trataba de un
cumpleaños a los que acostumbraba asistir con John L. ¿Qué estaba pasando?, se preguntaba, mientras
su corazón palpitaba aceleradamente.
Cómo
era posible que un sueño tuviera continuidad.
Estaba en la misma casa que la otra vez, ¿¡hablando del cumpleaños de su
hija!? Qué sucedía. Esto no era posible. Ricardo repetía estas palabras una y otra
vez: “Soy joven, soy joven, esta no es mi vida, esta no es mi vida”.
Durante
el día no dejaba de pensar en los preparativos del cumpleaños… Irónicamente anhelaba
que llegara la noche, le intrigaba el asunto, quería saber más. Había caído en el juego.
“¡Hola,
Susana!” Fue él quien habló primero esta
vez.
-“¿Cómo
va todo?” Susana comenzó a hablar casi
sin parar, mientras Ricardo no podía dejar de mirarla.
Que
llegue la noche, mientras es de día, eran los pensamientos de Ricardo. Intentaba hallar el sueño de día para ver a
su familia.
¿Qué
te pasa? –preguntó J.L. No llegaste a la
actividad de anoche con nuestros amigos.
Ricardo
permaneció en silencio. J.L. volvió a
hablarle y Ricardo gritó: “¡Déjame, déjame!”
Él
solo quería dormir. Tenía que hacerlo,
sino no llegaría a la fiesta de su pequeña.
“Quiero
dormir. Necesito dormir. ¡Dios, ayúdame!” Cerró los ojos, llegó…
Al
despertar en la mañana, ya no sabía cuál vida era real. Solo quería dormir y no despertar nunca más…
para vivir y no soñar.
